El celo por tu casa me devora

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.» Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devoraráJn 2, 13-17

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Sucedió que visitando una ciudad cuyo nombre no quiero acordarme, era domingo y pasamos por una iglesia de medio pelo (algo tendría imagino, no soy historiador pero no era, desde luego, nada del otro jueves) que, casualmente, en unos diez o quince minutos celebraba la Santa Misa, por lo que nos dispusimos a celebrar la Cena del Señor.

La puerta estaba custodiada por dos guardas fornidos. Uno de ellos, con un tono bastante severo y desagradable, me preguntó: “¿A donde va usted?”

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“A celebrar la misa pues he visto el cartel y como pasábamos por aquí…”

“Bueno,” declaró el buen hombre, “pueden ir a misa pero no estén paseando por la iglesia, diríjanse directamente a su asiento, reciban la comunión e, inmediatamente, salgan de la Iglesia pues es también un museo y hay que pagar por visitarla”.

“Disculpe, pero yo no pago por ir a una Iglesia. Soy cristiano,” le contesté un poco mal humorado.

Esta respuesta no fue, especialmente, bien acogida por utilizar un eufemismo descarado. Así que el tipo insistió en su primer argumento a lo que le respondí: “¿Puedo hablar con el sacerdote de esta iglesia?”

“Por supuesto”. Al llegar hasta el sacerdote, el guardia le comunicó directamente: “Este cristiano,” (obsérvese la cursiva en la palabra cristiano para denotar que fue verbalizada con bastante retintín) dice que no paga por visitar la Iglesia y el museo.”

El cura me miró sorprendido y yo le dije claramente mis principios (era, desde luego, más joven): “Perdone, soy cristiano y por el bautismo soy sacerdote, profeta y rey. Yo no pago por ir a una iglesia y recibir la comunión.” A lo que este no quiso discutir y solo habló para solicitarme que me marchara diez minutos después de la conclusión de la misa que fue, por supuesto, lo que hice.

A veces, me pregunto porqué en Europea la Iglesia Católica va a menos y la proporción es, casi siempre, a favor de las personas mayores. Desde luego, “comunidades” como esa no le hacen a uno sentirse en comunión con nadie.

Quizás, debería haberme hecho directamente un látigo “siguiendo a Jesús o a Elías y pasar a cuchillo a más de uno” pero uno es tan poca cosa (espiritual y físicamente, vamos me hubieran dado palos hasta en el carnet de identidad), reconocedor del poco testimonio que doy a mis semejantes… que ahí se quedó todo.

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Testimonio: Óscar Romero

Óscar Romero fue un arzobispo católico salvadoreño, célebre por su defensa de los derechos humanos y por haber muerto asesinado durante la celebración de la misa.

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Qué hermoso será el día en que cada bautizado comprenda que su profesión, su trabajo, es un trabajo sacerdotal; que, así como yo voy a celebrar la misa en este altar, cada carpintero celebre su misa en su banco de carpintería, cada hojalatero, cada profesional, cada médico con su bisturí, la señora del mercado en su puesto… están haciendo un oficio sacerdotal. Cuántos motoristas sé que escuchan esta palabra allá en sus taxis. Pues tú, querido motorista, junto a tu volante, eres un sacerdote si trabajas con honradez, consagrando a Dios tu taxi, llevando un mensaje de paz y de amor a tus clientes que van en tu carro.

Aun cuando se nos llame locos, aun cuando se nos llame subversivos, comunistas y todos los calificativos que se nos dicen, sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas, que le han dado vuelta a todo para proclamar bienaventurados a los pobres, bienaventurados a los sedientos de justicia, bienaventurados a los que sufren.

Cuando se le da pan al que tiene hambre lo llaman santo, pero si se pregunta por las causas, del por que el pueblo tiene hambre “lo llaman comunista ateísta”. Pero hay un “ateísmo” más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo del CAPITALISMO cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios.

No nos cansemos de denunciar la idolatría de la riqueza, que hace consistir la verdadera grandeza del hombre en tener y olvida que la verdadera grandeza es “ser”. No vale el hombre por lo que tiene, sino por lo que es.

He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano que no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad. Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquéllos a quien amo, que son todos los salvadoreños, incluso por aquéllos que vayan a asesinarme. Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal que la esperanza pronto una realidad. Mi muerte, si es aceptado por Dios, sea para la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquéllos que lo hagan. De esta manera se convencerán que pierden su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca perecerá.