Actitudes

Silencio.

El comienzo de la sabiduría es el silencio. Pitágoras
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Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos. Is 50,4
Calla y escucha, Israel. Hoy te has convertido en el pueblo de Yahveh, tu Dios. Escucha la voz del Señor, tu Dios y pondrás en práctica los preceptos y mandatos que yo te prescribo hoy.Dt 27,9-10

Vivimos en un mundo lleno de ruidos (tráfico, construcción, escuela, trabajo, etc.), el silencio en nuestras vidas brilla por su ausencia. La publicidad reclama, constantemente, nuestra atención a un estilo de vida consumista y despilfarrador que, por otra parte, es insostenible. La propaganda política ansía nuestros votos mientras miente y esconde cómo las grandes corporaciones han corrompido el sistema económico y político, y están destrozando nuestro planeta.

Desde una perspectiva más individual, estamos sujetos no solo a los medios de comunicaciones habituales (prensa, radio y televisión) sino a Internet, a las redes sociales y a la mensajería. Más aún, muchos padecemos un terrible miedo a la soledad, a nosotros mismos. Es más, a veces, escondido tras un activismo superficial, renunciamos, a causa de estos miedos, a una experiencia más profunda de Dios.

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Pienso que la fe es como comerse un bocadillo de chocolate. Los que por culpa de la propaganda, publicidad, consumismo, telebasura, miedo a sí mismos, a la soledad, al vacío, al silencio, etc., caen en el estrés, en un activismo superficial, en una fe carente de una experiencia más íntima de Dios Padre bueno son como los que se comen el pan y desprecian el chocolate.

Por otra parte frente a mi desconsolado yo siempre está el Dios Padre, amoroso y acogedor, que me quiere y acepta tal como soy, ¿por qué he de temer?

El desierto expresa en la Biblia la realidad donde el hombre se encuentra en la más absoluta soledad, pero es precisamente allí donde la presencia de Dios se hace más tangible, más auténtica.

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Hay cuatro niveles de silencio o ruidos, según se mire:

  • Ambiental: los ruidos del medio, de un mundo lleno de llamadas, mensajes, emails, reclamos y publicidad.
  • Corporal: nuestro cuerpo también hace ruidos.
  • Mental: en este nivel debemos superar la distracción, los recuerdos, los problemas, nuestra imaginación. Podemos ayudarnos del control de la respiración y utilizar técnicas de relajación. Si algún pensamiento brota espontáneamente e interrumpe la oración, imagínate que es una nube borrascosa, que el viento del Espíritu sopla y se la lleva.
  • Afectivo: La soledad es una realidad innata al hombre y, por tanto, debemos aceptarla tal cual es y no rehuirla. Frente a ella y a nosotros mismos, nuestra fe es la de un Dios que nos ama tal como somos, que entregó su vida por nosotros para reconciliarnos en el amor y darnos vida eterna. Por tanto, desde esta experiencia del amor de Dios, el miedo del hombre a sí mismo, al silencio, a la soledad, cae por su propio peso.

Muchas veces en la oración caemos en la palabrería. Sin embargo, la palabra de Dios es clara respecto a este punto:

Yahveh, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; […] Que no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahveh la conoces entera.Sal 139
Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.Mt 6,7-8

Es necesario, por tanto, el silencio que nos permita profundizar en nuestra fe con una actitud de receptividad y escucha. Conviene señalar que escuchar es distinto de leer. Cuando decimos escuchar queremos decir que el sujeto no interpreta la Palabra, es decir, se busca la Revelación del Espíritu, una actualización de la Palabra en el hoy. Se contrapone a leer, donde sí hay una participación más activa del lector e interpretación de lo que se lee y, por tanto, para cada libro, cada hombre tiene una visión y perspectiva diferente.

Por otra parte, el silencio implica concentración, vivir plenamente el momento presente. Dios nos desmonta de nuestras máscaras, seguridades, autosuficiencias, etc. Nos encontramos con Dios y con nosotros mismos cara a cara. Todo esto nos produce miedo y ansiedad y, sin embargo, como dijimos anteriormente, todo esto debe caer como un castillo de naipes frente a su infinito amor, el sabernos hijos pródigos de un Dios Padre lleno de misericordia y ternura.

Pero a mí, que estoy siempre contigo, de la mano derecha me has tomado; me guiarás con tu consejo, y tras la gloria me llevarás […] Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra […] Mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor a fin de publicar todas tus obras.Sal
En el fuego arrollador del amor de Dios se derriten todos nuestros miedos, dudas, inseguridades, angustias, ansiedades, etc. Todo es superado, nada se resiste al fuego del Espíritu.
Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro, Rom 8, 3-39
Hagamos ahora una reflexión acerca de María, escuchemos:

María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.Lc. 2, 19

María se nos presenta como el modelo del creyente, siempre en silencio, pero un silencio contemplativo. Es esta actitud de silencio la que le permite ser capar de meditar y, en consecuencia, captar la mano, la presencia de Dios en su vida.

Las palabras, a veces, sobran y entorpecen, no son tan eficaces para expresar nuestros más íntimos sentimientos, emociones, deseos, etc. En estas situaciones, el silencio lo dice todo.

Y si vas a hablar… ¿De qué conviene hablar? Procura que lo que digas sea para tu crecimiento personal, espiritual o el bien común. Sé sincero, honesto, trata de arrojar luz sobre los problemas pero escucha empáticamente primero. Se positivo y constructivo en la búsqueda de alternativas y soluciones. No seas chismoso, no te rías del mal del vecino. ¡Que tu palabra sea agradable a Dios y busque construir su Reino de amor y hermandad entre los hombres!

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Humildad.

Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. Lc 18,9-14

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Cuando nos enfrentamos cara a cara con Dios sin caretas, sin ruido ni prisas, con sinceridad, descubrimos la enorme grandeza de Dios, su majestad, poder, amor y misericordia sin límites. ¡Él nos desborda y anonada! Cuanto más nos adentramos en el misterio de Dios, más nos sentimos abordados por su infinita ternura.

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Frente a este amor que no es abstracto sino concreto y presente en la historia de la salvación y en nuestras vidas, nos descubrimos pecadores, limitados, pequeños, y pobres espiritualmente. Frente al Dios amor hasta el extremo, sin mesura, nos reconocemos infieles, llenos de ídolos, egoísmos, envidias, rencillas, desconfianzas, pecados,…

Por tanto, la humildad es consecuencia inmediata del camino de fe de todo creyente. Sin embargo, tampoco debemos caer en el absoluto desprecio de uno mismo, en una bajísima, insana y paralizante autoestima donde algunos llegan, pues como dice el Génesis 1,27:

Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra. Génesis 1,27

En la oración, el hombre se encuentra a sí mismo, al yo verdadero y profundo, lejos de las modas y las apariencias, la competitividad, los miedos, etc.

Un yo que es pecador, indigno, que tropieza muchas veces en la misma piedra, pero creado, por pura gratuidad y don, a imagen y semejanza de Dios. Más aún, Cristo nos ha elegido para ser hijos adoptivos de Dios:

Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo […] por cuanto nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo. Ef 1,3 ss

La humildad no es un absoluto desprecio a sí mismo. Es el conocimiento del yo profundo, es reconocer nuestra pequeñez, nuestros pecados, es saberse siervo inútil y que solo Dios salva (Rom 3,9ss; Sal 14,1-3; Sal 5,10; Sal 107; Jn 15,1-8; 1 Jn 5,4-5).

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Resulta que por puro don, por la gratuita e infinita gracia de Dios Padre somos salvados, no por nuestras obras, esta es la base de la humildad.

Creámoslo, por puro amor, somos hijos adoptivos de Dios. ¿Puede haber mayor dignidad? ¡Somos templos vivos de Dios donde habita el Espíritu Santo!

Pero, ¡cuidado!, aunque seamos siervos inútiles estamos llamados
, por la fe, a construir el Reino y su justicia, debemos poner toda nuestra carne en el asador, lo que el acerbo popular hizo refrán: “A Dios rogando pero con el mazo dando.” O, más claramente, San Pablo lo explicará diciendo:

Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré, por las obras, mi fe. St 2:18
De esta experiencia liberadora y salvadora brota la alegría de sentirse aceptado, acogido, apreciado, protegido, curado, limpiado del pecado; en una palabra, amado. Y esta alegría y amor es, per se, contagiosa y no puede quedarse encerrada y pudrirse en nuestro corazón egoísta. Por el contrario, debe brillar como el sol, radiar a nuestros hermanos y hermanas, ser luz y sal de todos los que nos rodean.
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Mt 5:14-15

Algunos textos más para tu reflexión personal:

En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Sal 63,7-8
Gustad y ved qué bueno es el Señor. Sal 34, 9
Yo te ensalzo, Yahveh porque me has levantado; no dejaste reírse de mí a mis enemigos. Yahveh, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tu has sacado, Yahveh, mi alma del seol, me has recobrado de entre los que bajan a la fosa. Sal 30:2-4
En definitiva, la verdadera oración nos conduce hacia la humildad, la sencillez y la alegría.

Gratuidad.

albaDoubted       ¿Qué es la gratuidad? 

¿Y por qué es tan importante? A esto trataremos de darle respuesta en esta entrada.

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La gratuidad es la superación del sentido de eficacia inmediata, del hoy por ti, mañana por mi. La oración es un encuentro de amor y esta experiencia es el fin en sí mismo. Es dejar a un lado nuestras obligaciones mundanas y ¿perder? tiempo con el Señor, sin buscar más que estar con Él.

Sabemos que todo lo que pidamos al Padre en nombre de Jesús, con absoluta confianza, se nos dará, pero esto no debe convertirse en lo esencial; más bien, debe caer dentro de la periferia. No debemos buscar la utilidad cuando rezamos aunque la oración sea eficaz y poderosa. Parece un juego de palabras, una contradicción pero no deben confundirse ambos conceptos.

Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo habéis recibido y lo obtendréis.Mc 11, 24
La oración ferviente del justo tiene mucho poder.St 5, 16
Debemos procurar imitar a Cristo. Él es modelo de entrega total, de amor gratuito que nos espera nada a cambio
Él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo,” Hch 10, 38;
Gratis lo recibisteis; dadlo gratis,” Mt 10, 8
, de obediencia a Dios Padre y de obediencia hasta la cruz. Por amor, aprendamos de Él.

Crucifixion

La oración de petición es tan válida como cualquier otra, menospreciar a los que lo hacemos es, a mi humilde juicio, soberbia.

Sin embargo, no debemos quedarnos ahí, debemos también dar gracias,

Es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugarprefacio
escuchar su Palabra,
Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadleLc 9, 35
vivir y disfrutar de su presencia,
Gustad y ved que bueno es el SeñorSal 33
discernir su voluntad, etc.

Perseverancia.

Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora Mt 24, 42

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Perseverancia es la fuerza de volver a empezar cada día: los días que estamos inmersos en un mar de dudas y también aquellos que estamos bastante seguros de cuál es nuestro camino; los días que estamos felices, los que pasan sin pena ni gloria y los que sufrimos y lloramos amargamente; los días de agobio y estrés, y los que nos aburrimos como ostras, etc.

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Decía Santa Teresa que solo aceptando las oscuridades y asperezas de la meta se puede llegar a esta y que es imposible el gozo de la intimidad con Dios sin haber sido purificado en larga perseverancia.

Se trata pues de proponernos dar pasos concretos, asequibles, y ser fieles desde estos pequeños progresos recordando la palabras del maestro y de San Pablo:

Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.Mt 26, 41
Golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado. 1 Cor 9, 27
¿Has fracasado? Te propongo, para empezar, (luego podrás proponerte metas más ambiciosas) una oración muy cómoda, breve y sencilla. Navega a Rezando voy haz clic sobre el reproductor on-line de la parte derecha de la página, cierra los ojos y escucha la oración.

Actitud corporal.

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Toda la filosofía clásica concibió al hombre formado por dos naturalezas ontológicamente distintas, a saber, el cuerpo y el alma.

Ahora bien esta concepción idealista y dualista ha sido superada por una concepción monista en nuestra actualidad. Por tanto, cuando rezo, ora tanto mi cuerpo como mi alma pues ambas son una única realidad, mi Yo.

La moraleja es clara: debemos esforzarnos o, mejor sería decir, es conveniente buscar y encontrar una posición que nos ayude en nuestra oración.

Es importante, empezar siempre tomando conciencia de la presencia de Dios Padre.

También, puede ser conveniente para eliminar el ruido interno, iniciar tu oración con una serena y profunda respiración.

Esto puede ser tan simple como inhalar durante varios segundos, retener el aire, y exhalar lentamente durante dos o tres segundos más. Este ejercicio puede repetirse durante varios minutos para relajarse, aliviar tensiones, y reducir el murmullo de preocupaciones, problemas, agobios, etc.

Si hay mucho ruido exterior, enciérrate en tu dormitorio y quizás te sea útil ponerte tapones auditivos de espuma y/o unos auriculares y escuchar música clásica o relajante.

Además, considera rezar siempre en el mismo lugar y a la misma hora, así crearás un hábito.

Sobre este apartado de nuestro manual de oración hay bastante materiales y recursos, por lo que solo indicaremos las distintas posturas básicas que se pueden adoptar:

    • Pie: posición de respeto ante el misterio de Dios, de petición y que ayuda a permanecer vigilante, a estar atento.

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    • Sentado: posición que invita a escuchar la Palabra, a discernir la voluntad del Padre en nuestra vida.

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    • De rodilla: demuestra humildad, rendición, adoración, etc. Está especialmente indicada cuando queremos pedirle a Dios Padre perdón por nuestros pecados o estamos en adoración delante del Santísimo.

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    • Acostado sobre la cama: puede ser útil sobre todo para los no iniciados y para los que padecen de estrés. Por ejemplo, al acabar el día, reflexionamos sobre lo que hemos hecho y lo que hemos dejado sin hacer, le agradecemos sus bendiciones del día a día, le pedimos perdón por los pecados que hemos cometido, etc.
Cuando pienso en ti sobre mi lecho, en ti medito en mis vigilias, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Sal 63, 8